Educación

Hospital Menonita CIMA

PERDIDADE UN SER QUERIDO

Escrito por Wilmer Rivera Zambrana
MSW, Trabajador Social Clínico Hospital Menonita Cima

“Trata todo lo que tengas como si fuera una porcelana preciosa porque algún día desaparecerá” (Diana Bradley, superviviente del atentado de Oklahoma, USA, 1995; perdió a su madre, a sus dos hijos y a su pierna derecha durante la explosión).

 

¡Saludos! Hace algún tiempo, en el área de hospitalización parcial durante una terapia grupal alguien dijo a gran voz, “maldigo a Dios por haberse llevado a mi madre”. Observo a la persona fijamente por algún rato, le pregunto por la edad de su madre y me responde, “85 años” a lo cual le respondo, “señora, celebre la larga vida de su madre”. Prosigo con la terapia y la misma persona comienza nuevamente a maldecir a Dios, en esta ocasión por la salud de su padre, “maldigo a Dios, mi papa tiene 90 años, pero tiene cáncer”. Diálogo cargado de pensamiento irracional, el cual le genera emociones desadaptativas -coraje, temor, ansiedad y depresión- y por ende conducta disfuncional.

La época navideña es una época de alegría y de celebración, sin embargo para algunas personas es una época de nostalgia, melancolía y hasta de “depresión”. Se revive la muerte de algún ser querido en estas fechas especiales, afloran recuerdos de cariño, no obstante también de nostalgia y de dolor agudo. La pérdida de un ser querido es algo que “no escogemos”, y por años hemos albergado la creencia de que la pérdida nos convierte en víctimas, en personajes pasivos empujados a una experiencia que debemos superar, pero sobre la que tenemos poco o ningún control.

MI EXPERIENCIA:

Cuando apenas tenía 17 años, un cáncer en el sistema linfático terminó con la vida de mi madre y poco tiempo después mi padre sufrió un arresto cardiorrespiratorio, el cual le causó la muerte. Fue un proceso sumamente difícil, mi madre tenía apena 55 años y mi padre aunque le aventajaba en edad, no mostraba señales de debilidad. Todavía recuerdo a mi madre tratándome de preparar para lo inevitable -su muerte- y el rostro lleno de tranquilidad de mi padre. Diversas emociones -coraje, culpa, temor, ansiedad y depresión- intentaron, con algún éxito, entorpecer el proceso de duelo.

¿QUÉ ES EL DUELO?

El duelo es un periodo de desolación que sigue a la pérdida de un ser querido. Se trata de una reacción emocional y conductual, necesaria para mantener el bienestar tanto emocional como físico. Dentro de los escenarios terapéuticos se interviene con individuos los cuales identifican distintos tipos de duelos:

Duelo patológico― Se puede manifestar como duelo crónico, cuando la intensidad del pesar no disminuye después del primer año.

Duelo conflictivo― La persona apesadumbrada no ha resuelto sus sentimientos ambivalentes hacia el fallecido.

Duelo ausente― Cuando la persona apesadumbrada parece haber resuelto el proceso y continúa como si no hubiese sucedido nada.

Duelo mal adaptado o disfuncional― Duelo no resuelto o perturbador, retrasado o exagerado. Es importante durante una pérdida ambigua (no hay cuerpo o la persona no estuvo presente para despedirse) el despedirse del cuerpo, de lo contrario tendría lugar un duelo mal adaptado o disfuncional.

Duelo adaptativo― Duelo que es útil o ayuda a que la persona acepte la realidad de la muerte.

¿QUÉ PODEMOS HACER?

La vida nos obliga a renunciar a todas las relaciones que apreciamos, ya sea a raíz de separaciones, cambios de residencia o de las muertes de otras personas o de nosotros mismos. Cada pérdida es diferente, pero como trabajamos con el proceso del duelo es más o menos similar en cada una de ellas. Aunque la pérdida de un ser querido es un acontecimiento que no puede escogerse, la elaboración del duelo es un proceso activo de afrontamiento lleno de posibilidades. La persona debe aceptar la dolorosa realidad y, de manera gradual, romper el vínculo con la persona muerta y reajustarse a la vida desarrollando nuevos intereses y relaciones.

J.W. Worden expone que los afectados por la pérdida se enfrentan a cuatro tareas que, sin seguir un orden fijo y pudiendo revisitarse de vez en cuando, es necesario resolver como parte del proceso de adaptación a la pérdida:

Aceptar la realidad de la pérdida― Momento de afrontar que esa persona se ha ido y que no la volveremos a ver. La asistencia al funeral y los rituales que tenemos ayudan a encaminarnos hacia esa aceptación.

Experimentar el dolor de la pérdida― Es inevitable sentir dolor, pero se debe evitar idealizar a la persona (el evitar tener recuerdos) o recurrir al alcohol o a las drogas para evitar el dolor. Debemos permitirnos sentir, esto es: identificar, aceptar y expresar sentimientos y emociones.

Adaptarse a un entorno en el que falta la persona desaparecida― El sobreviviente tiene que asumir los roles de la persona fallecida, adaptarse a una nueva situación de vida y buscar su propio sentido.

Resituar al fallecido dentro de la propia vida, encontrando formas de honrar su recuerdo― Nunca se olvida del todo a la persona. No se renuncia al recuerdo, se le recoloca o se le busca un lugar apropiado para que el sobreviviente continúe con su vida.

No pretendas olvidarlo, no lo lograrás “todo lo que nos conmueve y nos transforma se queda con nosotros”. Sólo reinvéntate, “te guste o no, nunca volverás a ser “tu antiguo yo” después de una pérdida importante, aunque con mucho esfuerzo puedes construir una identidad que encaje con tu nuevo rol”. Empero puedes y tienes que continuar siendo tú, debes encontrar la motivación para continuar y no existe mejor motivación que emprender un nuevo comienzo basado en la memoria del fallecido. El dolor que acompaña a la pérdida es un espejo que refleja lo precioso que son los apegos que hemos establecido y la conciencia con la fragilidad de la vida puede ser un recordatorio necesario de la obligación de vivir de acuerdo a nuestras preocupaciones más elevadas.

¿CUÁNDO BUSCAR AYUDA?

Se debe buscar ayuda cuando se identifique la siguiente sintomatología:

Intensos sentimientos de culpa― “Fue mi culpa”, “No hice nada”, “Pude haber hecho más”.

Pensamientos de suicidio― Aunque pudiera ser natural el deseo pasivo de querer estar con el muerto.

Desesperación extrema― “Por mucho que lo intente, no me recuperaré”.

Inquietud o depresión prolongadas― Sentirse atrapado por meses.

Síntomas físicos― Como la sensación de tener un cuchillo en el pecho o una pérdida sustancial de peso.

Ira continua― Causa que su red de apoyo se distancie.

Dificultades continúas de funcionamiento― Como disfunción socio ocupacional: problemas para producir en tu trabajo o problemas en las relaciones interpersonales.

Abuso de sustancias― Para evitar sentir dolor o culpa.

¿DÓNDE BUSCAR AYUDA?

Usualmente se sugiere que los que enfrentan una pérdida no pueden hacer otra cosa que sufrir y esperar, dando por supuesto que el tiempo “curará su heridas”, pero en ocasiones este proceso de pasividad -acompañado en algunas ocasiones de ignorancia- no parece ser la solución. La persona en duelo debe pasar por un periodo de transición emocional saludable, empero cuando este proceso no se da, se debe buscar ayuda profesional.

En el Hospital Menonita CIMA estamos para ayudarle, favor de comunicarse con nosotros al (787) 714-2462. Estamos localizados en la Calle Sargento Gerardo Santiago, Carretera #14 interior Aibonito, P.R.

REFLEXIONEMOS:

“Que cosa extraña es el hombre: nacer no pide, vivir no sabe, morir no quiere”. M. E. Becker

Fuente: Neimeyer, R. A. (2007). Aprender de la pérdida: una guía para afrontar el duelo. Ediciones Paidós Ibérica. España.